domingo, 18 de junio de 2017

EL DISPUTADO ENCUENTRO CON SARRATÍAS. HUESCA.



"Para vivir libre y dichosamente, debes sacrificar el tedio", esta cita de Richard Bach aparece escrita por mí en la primera página del libro: "El disputado voto del señor Cayo", junto a una anotación más, abril del 94, que debería retrotraerme hacia esa fecha y el motivo por el cual lo añadí al libro, pero me resulta imposible recordarlo. Sin embargo cuando la casualidad intenta tener un encuentro contigo te envía señales a las que debes estar alerta. Son las coincidencias las que te llevan de un extremo a otro buscando algún fin.
La semana pasada tras volver del paseo diario, se me hizo tarde y cansada, encendí la televisión y puse la 2 o quizás ya estuviese puesto este canal anteriormente y allí estaban emitiendo la película que con tanto acierto se hizo de esa gran novela de Miguel Delibes, ni me levanté a buscar la cena, me quedé atrapada por su buen guión, volviendo a revisionarla. Para quien no la haya visto, el argumento trata sobre unos propagandistas políticos que se acercan a un pequeño pueblo de Burgos, con vistas a dar un mitin pero allí solo viven tres personas, Cayo, su esposa a la que no se le pone nombre y "ese", un vecino al que nunca vemos, enemistado con el  protagonista. Frente a la retórica de los jóvenes, vence ese idealismo sencillo, llano del señor Cayo, que nada espera, al que no interesa lo que ocurra fuera de los muros de su pueblo y que al final tendrá que salir de su casa tras caer gravemente enfermo. Con la marcha de Cayo, el último, solo se oirán los lamentos de su perro. Me quedé con la desazón de saber quién alimentará al animal o si volverán los hijos para cerrar las puertas o si llegarán aquellos que nada temen y que piensan que todo es suyo para desvalijar los cuartos ahora vacíos o si se secará la remolacha o quién enjambrará a las abejas, quien abrirá al visitante las puertas de su ermita románica o que quedará ahora de ella, quizás los capiteles estén  envueltos en zarzas, sin cobijo de su artesonado o que será de la tumba del Paulino cuando se nos oculte su nombre tras la hiedra que cubre el pequeño cementerio...
En esos pensamientos me quedé y los dejé aparcados, cuando una nueva mañana se me presentó, entre el habitual metraje de horas ocupadas, una conversación en la que salió a relucir esos pueblos que se deshabitan y se hunden entre la miseria del abandono y el olvido al que son sometidos por diversos motivos, no creo que nadie quiera que su hogar pierda la identidad que los años le han dado. Confío en que se les puedan dar facilidades para resurgir porque lo que visitas hoy en lamentable estado, puede que dentro de unos años ni lo reconozcas. He conocido personas que viven solas en algún lugar apartado y donde yo solo veo belleza, tras hablar con ellos descubres el lado amargo de la soledad aunque acaben por decirte que no se irán, que si parten, con ellos se romperá el destino de sus casas, alguien tiene que hacer de guardián, un reto pero también una tradición, como seguir una orden de sus antepasados, cuidar la tierra cuando ésta aún es fructífera, cuando aún las fuentes manan, a pesar de que los caminos sean complicados siempre habrá medios para transitar por ellos. Y es entonces cuando a mí acuden estos personajes ficticios y reales a la vez, Cayo como Andrés en Ainielle puesto que seguirán siendo los últimos. Siempre acaba por salir Huesca en mi memoria.
Lo dejé pasar como una conversación más. Buscando una entrada nueva , unas fotos de un deshabitado de Murcia y otro de Albacete, no daba con ninguno, aparecieron unas de Huesca, de aquel día en que tras ver el desfiladero de Entremón acabé en Sarratías.  Intento no sacar entradas sobre esta bellísima provincia por que recordarla me afianza en el deseo de volver y sé que si lo hago me costará más desprenderme de esa desazón que me imprime su paisaje, sus pueblos de piedra, tanta belleza que se acumula allí que difícilmente puedo acabar encontrando algo que la iguale. Pero al volver a ver Sarratías , saltó esa chispa en forma de casualidad  y es que cuando estuve allí mencioné que su estado de habitabilidad era idéntico a cómo se quedó el pueblo de Cayo cuando este partió, se quedó esperando su regreso. Hoy me disputo ese nuevo encuentro con esta bellísima aldea, la espera ha merecido la pena.




El embalse de Mediano marca el inicio de una jornada que acabará en Sarratías.
Cuando las aguas bajan se puede acceder a la torre caminando.




Desde el bellísimo pueblo de Samitier se accede a un lugar muy escarpado donde disfrutar del conjunto formado por torre defensiva y...



...un monasterio románico, ambos dedicados a los santos Celedonio y Emeterio.



Desde aquí se obtienen unas vistas impresionantes del desfiladero de Entremón. 



El Cinca es represado tras el emblase de Mediano en el de Grado pero antes debe pasar por Entremón.



Sendero que en 3 km te sumerge en este maravilloso congosto.



Forma parte del GR 1, cuenta con algunos pasos difíciles pero nada que se pueda solventar con cuidado.



Sin duda, una de las rutas más espectaculares que he hecho nunca.



Hermosa vista del pantano del Grado y el recuperado pueblo de Ligüerre de Zinca.




Abizanda, hoy no pasearé por tus calles como en otras ocasiones, tu visita merece ser pausada.



El macizo de Monte Perdido siempre omnipresente, con sus cumbres nevadas, desde cualquier rincón.



Hay arte en cualquier pueblo ya sea en madera...



...o sobre la piedra tallada.
Pero he de hacer una parada, necesito de nuevo caminar. Huesca es sobretodo una red enorme de senderos bien señalizados.
En ellos se puede aprender arte, naturaleza y sobretodo historias, pero algunas no se escriben, se piensan o se sienten, se sueñan y se inventan.



"Estoy cansado, muy cansado. El dolor de la despedida que un día inicié, conforme siento el hálito intenso del Sobrarbe,  alimenta mi espíritu con la idea de la reconciliación.




Cuando partí era solo un joven lleno de ideales, ahora soy solo un anciano, un viejo desgarbado, tallado como los troncos de los robles, agujereado directamente donde el corazón dicen que duele.
Atrás quedaron los años en que conducía una nabata por el estrecho del Entremón y despreciaba regresar a mi aldea para hincar las raíces como un enebro en la pizarra.




Las bordas me hablan del trabajo con los animales, cuando era joven el cansancio no se medía, el hambre se templaba con un mendrugo de pan y  leche recién ordeñada.




Compruebo que te desmoronas como mis huesos, libres de la tensión que los mantuvo firmes, ahora se doblegan al sol del mediodía.




Faro de mis ojos, alumbras con tu vista la alegría que vence a mis pies agotados, ahora que mi corazón palpita a un ritmo entre el caballo que se espanta y la yegua que pronto dará a luz.







Sí que me acuerdo, el 23 de septiembre íbamos a celebrar las fiestas, duraban tres días con sus tres noches.





Me desvío para rendirte un sincero homenaje. Mis lágrimas recorren tus paredes, oh, San Lino. Tus fiestas son ahora la música celestial que irrumpe en mi semblante cuando te admiro con la intensidad de un joven que arranca a bailar ante tus muros.





Si el dolor se llama tristeza, si la brisa se lleva los sonidos que escapan cuando nuestros ojos se cierran por última vez, entonces es mi casa la que está abierta ahora frente a las miradas de curiosos que se agolpan para verme llegar a besar tu puerta...mi casa, vacía de ensueños , ahora lejana ante la distancia que impregna los destellos de una vida que se apaga, de una vida que se entrega. Llámame desde el umbral de tu quicio y acógeme como al hermano pródigo que hirió tus cimientos, pero acógeme,  no me cierres tus puertas.





Mi borda, de alegre colorido, me desata tu riqueza de muros limpios y arreglados, quién te ha cuidado mientras estaba enfermo, quién se ha permitido el placer de visionarte con los sueños que ahora me devuelven tus idas y venidas.




Padre, si me vieras llorar ante la puerta de la herrería donde forjamos con el martillo las rejas de nuestra casa.




Sarratías, hasta el nombre se me hace hermoso y pululan por tus enjambres, ventanas hoy,  las abejas libando entre las clemátides. Devuélve el aire, me parece oler, un perfume a romero y tomillo.




La dicha se me presenta escondida tras los balcones de mi casa. Se prodiga en esparcir azules pétalos de gencianas y tueras, mientras asisto ensimismado a tu noble visión etérea.





No has cambiado, me dicen tus piedras, mientras intentas alojarme en tu morada.




Miro hacia atrás y te veo, padre, alineando el muro con el trazo de un cordel que sujetaba con mis manos de niño.




Pintábamos de añil tus ventanas, tú traías el azul, yo la cal.




Dos éramos, dos ingenuos hermanos que mirábamos al mundo con ese miedo que te clava ante una puerta cerrada. No éramos dueños de nada, la tierra no nos pertenecía pero la trabajábamos.



Dos que unidos hubieran levantado a pulso ese mundo inhóspito que asfixiaba nuestros corazones.





Ahora que a solas contemplo el resultado de nuestro trabajo, ahora que el silencio solo es roto por el sonido del arrendajo, ahora rompería mi alma por volverte a ver.




Te regalaré violetas dejándolas sobre tu tumba.





Y echa el cierre a los postigos que no quiero verte entristecido.





La distancia que nos separa del pasado, se limita a aumentar con creces ese desconcierto que irrumpe en nuestras vidas con la sensación de que podíamos haber hecho algo más.





Qué bella chaminera, con cuánto trabajo la levantamos, hoy nadie podrá derrumbarla, ni el tiempo ni el abandono.





Qué difícil se me hace elevar la voz en un grito, si despierto de tus sueños, no veré jamás lo escrito.





Aquí nos sentábamos para esperar turno cuando jugábamos a los hoyetes, entonces sí que éramos muchos en el pueblo, exactamente diez.





Las dovelas se cuartean, adolecen con tu olvido.





Tu me protegías, pasaba mi dedo sobre tu figura, me dabas seguridad.





Déjame entrar padre, quiero descansar en la cadiera, quiero volver a escuchar tu voz grave desgranando historias en el fogaril.





Sí que éramos curiosos mi hermano y yo, decíamos que el tío había empuñado el cincel para marcar esta fecha y contrariarnos con su supuesta longeva edad.




Y mirándote desde abajo creo recordar a madre llamándonos para comer, creo que su voz es suave y delicada. Afirmo que creo mientras cierro los ojos y no consigo ver su rostro.




Y sentados en los peldaños, nos apretujábamos como corderos asustados cuando las tormentas nos cogían por sorpresa antes de que padre regresara.





Nuestro pozo donde aliviar nuestra sed y la de las ovejas.




Sacaré agua de tus entrañas, del brocal que esconde las perlas que rezuman tus paredes.






No te desarmes aún, no te vendas al abandono, mientras duermes yo cuidaré de tu prestancia.




Haré que mis manos trabajen, que vuelvan a levantar tus muros.




Si he de volver a irme lo haré con los pies por delante, los sueños hechos raíces, los miedos no me intimidan. El humo desvía la vista si se acepta que no estás muerto porque para morir siempre hay tiempo.
No quiero dejarte de nuevo, no puedo sacar los lamentos que hoy escucho muy dentro, me dicen que cuando partiste oías a los que se te fueron, rompemos el barro que cuece con el odio sin remordimiento.
Pagué el dejarte a solas con tus recuerdos, hoy decido quedarme, alguien tendrá que liberarte.
No permitas que me vaya, no quiero volver a alejarme. 
¿Descansan acaso los hombres cuando entienden lo que han ido rompiendo?
Somos costales de trigo, mies de centeno, espiga que vuela con el cierzo. La nieve endurece nuestro entendimiento, la calor destruye hasta los cimientos. El duro trabajo modela las arrugas, las enquista hasta muy adentro, el dolor aprieta como la sed a un cordero.
Pido perdón, padre, por el mal que te he hecho, hoy soy hijo pródigo en la tierra que me dio su fuego interno, hoy vuelvo a ser luna, cielo, congosto, abrevadero. Soy brecha, escuela, incienso. Soy molino, senda, terreno. El pasto que alimenta tu vista desde el intento del que pide volver a verte y olvidar el desencuentro".





Me alejo y con la distancia voy midiendo los latidos de mi corazón, ¿cuál se acelera más?
El tedio no existe mientras oigas ese latido en cada camino que emprendas.
En cada lugar hay historias que salen a recibirnos, debemos prestar atención a aquellos que nos hablan con esa pausa del que ya no tiene prisa, aquel que nos hará ver que todo lo ofrece la naturaleza, el mundo rural desaparece, no lo permitamos, si lo hacemos no podremos saber para qué sirve la flor del saúco. Porque el señor Cayo podría vivir sin nosotros, pero nosotros no podríamos vivir sin el señor Cayo.

                                           
2 de abril 2014.



Doy cierre, a los límites de la escritura, de nuevo con una cita, esta vez de mi poeta favorito, Miguel Hernández: "No me llaga ningún mal ni ninguna cuerda rota: lo que tu atención hoy nota fue siempre en mí natural" , porque esta entrada va dedicada a otro Miguel, al que quisiera darle ánimo, aunque sé que no le falta, para que cuando todo acabe, porque todo tiene un final, sepa que Huesca sigue siendo igual de hermosa que cuando la conoció y en otoño cuando pueda pasear entre amarillentos hayedos encontrará esos mágicos rincones que su cámara no ha dejado nunca de buscar.  Un abrazo.